El hombre, los hombres y el muro
Diciembre 1, 2007 en 07:41 pm12 (General)
Tags: carcel, el ceibo, republica dominicana, el hombre, los hombres, el muro
~ Con mi dolor y respeto a los sobrevivientes del siniestro en El Ceibo, República Dominicana ~
El hombre yace en el suelo, es parte del amasijo de carne y huesos que se extiende centímetro a centímetro, desde los barrotes hasta el muro de concreto. Los hombres están unos sobre otros; según el General, donde caben sesenta, bien pueden acomodarse ciento treinta. Esta noche el calor se ha convertido en verdugo y el abanico pende del techo con sus enmohecidas aspas inertes. El hombre intenta moverse, pero no es tan sencillo, el revoltijo de piernas y brazos es indivisible. Mirados desde lo alto, parecen osamentas en fosa común. El hombre está todo pegajoso, entumecido, y al igual que el resto suda descomunalmente. Dicen que el sudor de estos hombres, es el intento de sus almas por expiar hasta el último de sus pecados, pero la transpiración del hombre es el llanto de su alma rebelde aún no resignada al encierro.
El hombre escucha el feroz aullido de su estómago vacío, prefiere ignorarlo antes de rendirse sobre el bocado de arroz putrefacto. Siente la garganta disecada y ruega por que al día siguiente le lleguen unos cuantos pesos. Le servirán para saldar lo adeudado, saciar el hambre y la sed acumulada durante dos días. Recuerda lo suculento de los pasteles en hoja, los “Kebees”, los niños envueltos que prepara su viejita y la refrescante sensación de una cerveza fría durante un paseo de domingo por el malecón. Entonces sus ojos se humedecen al recordar el rostro de su mujer, a quien tantas veces ha fallado. La imagina con uno de sus vestidos floreados, camino al mercado, trajinando para el sustento de los cuatro carajitos. Un nudo se le hace en la garganta, pero es incapaz de llorar.
El hombre no llora y tampoco se queja; hacerlo sería un imperdonable acto de debilidad ante sus iguales. Llora el que recién llega, arremete el desesperanzado, se mantiene indiferente el que finalmente se ha resignado, y reza el que está a punto de ser liberado. El hombre sin embargo sólo está soportando. El hombre y los hombres lo comparten todo. Desde el hambre, la sed y el sudor, hasta los vómitos, la fiebre y la tos. Conviven entre ratas, mosquitos, cucarachas y toda clase de sabandijas. Están allí echados a su suerte, en el más brutal de los olvidos, como lo están también los hombres detrás del muro y los de los otros módulos. El aire se siente más denso que nunca y la condensada brisa revuelve el hedor a orines y mierda; desechos propios y ajenos que en el hueco del suelo convergen y conspiran para envenenar hasta la sangre. El hombre escucha los guturales e inescrupulosos gemidos del que se masturba o coge en la penumbra, y se asquea. Los hombres roncan y posiblemente algunos tengan pesadillas. Otros han de estar como el hombre, acelerado de espíritu, dándole mente a cada cosa. Ahora el hombre, cierra sus ojos y se queda quieto, tan quieto como los otros. El Ceibo, aparenta dormir en la más inquietante de las calmas. Es un cementerio de vivos, condenados a la más extrema de las miserias humanas. Son dos condenas las que cada hombre cumple; la calculada en tiempo y la que se suma en el más intenso y desgarrador de los sufrimientos.
Se escuchan detonaciones. Detonaciones que rompen y penetran el sepulcral recinto. El hombre abre abruptamente sus ojos. -Son disparos, grita un hombre a su lado y el amasijo entero se incorpora contra el muro. El hombre ahora entre el muro y sus iguales siente que el corazón le late a mil por hora, a punto de salir por su boca. ¿Qué pasa? Vosean varios hombres agolpados también contra el muro, pero del otro lado sólo se escucha la balacera, los gritos y el corre y corre de la guardia. En medio de la desesperación, el hombre aferra la palma de sus manos al muro, como si con ello pudiese hacerlo desaparecer, o tal vez sólo intenta hacer contacto con la materia y escapar de lo que podría ser una pesadilla. Hay un estallido, estallido que repunta en llamas. Los gritos de los hombres tras el muro se tornan frenéticos, desesperantes. ¡Fuego! ¡Fuego! Alerta una voz omnipresente y ahora los gritos salen de todas partes. El calor es insoportable, el aire asfixiante y el muro; aguanta, soporta, impide, separa, conspira, obstruye y salva. Las manos del hombre recogen el calor calcinante que el muro expide y sus ojos se desorbitan ante la evidente calamidad. Recobra sus sentidos y del otro lado distingue claramente la voz de un amigo. Una espesa nube negra lo ocupa todo, apenas pueden implorar auxilio. Del otro lado del muro se escuchan las incinerantes llamas y el fuego consume todo lo existente entre tiempo y espacio. Se han silenciado las voces y el hedor a carne chamuscada se impregna en el aire, en el muro, en la piel y en el último resquicio del alma. Los hombres exigen ser liberados, salvados; el hombre continúa aferrado al muro. El cuerpo del hombre se contrae, se contorsiona, las lágrimas finalmente bañan su rostro desencajado. El hombre aprieta sus puños, aprieta sus dientes y aprieta sus ojos. Se escuchan las cadenas, finalmente abren los candados y mientras unos hombres se arrastran, a otros hay que cargarlos. El hombre contra el muro siente unas manos que lo tocan y en medio de su desquicio lanza un grito desgarrador que retumba a miles de kilómetros.
~Daritza Rodríguez Arroyo~ Lunes, 14 de marzo de 2005. 11:24pm ~ Vega Alta, Puerto Rico ~