Las Minervas
Aquélla noche Anselmo despertó sobresaltado, como si un reloj interno le diera aviso. A pesar de que su corazón latía a mil por hora su vista no parecía reaccionar cónsona con sus palpitaciones. Se sabía regresado del reino de Morfeo, más no alcanzaba a distinguir la habitación por entero, a sus setenta años y con su condición, no era tan simple el ejercicio obligado de levantarse. Se frotó los ojos con algo de desesperación y premura. De seguro, ya era hora. De a poco atinó a reconocer su cotidiano entorno, porque todo su universo estaba constituido por aquéllas deterioradas paredes y el escaso mobiliario que apenas se acomoda en su humilde pieza de la Calle María Moczo. Las ventanas de su habitación eran líneas fronterizas entre el mundo real y su segregación existencial. Distinguió el altar improvisado en la repisa donde estaban las fotos marchitas de su esposa y su hija. Allí, junto a varias estampitas de sus venerados santos y una imagen de la Inmaculada Concepción, Anselmo mantenía frescas las azucenas y los rezos a las fallecidas. Después de veinte años, aún vivía en un luto sepulcral, en un claustro emocional que día a día le consumía. Sólo ella, Minerva parecía poseer el poder absoluto de transformar sus sombras. Sonó la alarma del reloj despertador, las 3:00 de la madrugada. Ya era hora. Caminando a tientas en la penumbra de la habitación encendió uno de los velones sobre el altar y ya con visibilidad clara se dispuso a arreglarse. Mientras rasuraba su incongruente rostro le llamó la atención un brillo en sus ojos. Se supo alegre, se sintió vivo y sonrió. Después de los aseos en un movimiento apresurado se perfumó con esencia de pachulí, se pinchó los escapularios en la manguilla izquierda de su camisilla y se terminó de vestir. Su guayabera lucia un poco estrujada y en el bolsillo trasero de su pantalón de lino, colocó su billetera donde lo más valioso eran unas espaditas doradas de San Miguel Arcángel. La espiritera que se las había preparado le dijo que la cinta roja que las mantenía atadas le aseguraba protección contra cualquier tipo de mal. La alarma volvió a sonar, eran las 3:35am, hora de salir a esperarla, Minerva debía estar por llegar. Lloviznaba. Sacó su paraguas y mirando la brumosa luna como quien pide la bendición a una madre al salir de casa se dirigió con paso defectuoso, pero ligero hacía la esquina de la Calle Loíza. En muchas ocasiones sentía como a cada paso se entreabrían sigilosas algunas ventanas. Sabía que cada noche los ojos curiosos y malintencionados de sus vecinos lo escoltaban hasta la esquina. -De seguro pensarán que soy un viejo verde, que entre putas, ron y bachata malgasto mi pensión- pensaba mientras apretaba el paso. A lo lejos se escuchaba el ruido de los autos que comenzaban a circular la avenida Baldorioty de Castro y frente así divisaba las lucecitas rojas tintineantes de la guirnalda navideña que todo el año decoraba la cortina del bar El Paraíso. Ésas guirnaldas le ocasionaba una profunda nostalgia y era imposible no recordarlas a ellas.Fue en el mes de diciembre, en plenas celebraciones navideñas. Su esposa quedó con su hija en la casa, Anselmo trabajaría toda la noche en el hotel mientras su esposa y su hija terminarían de colocar las guirnaldas de luces en el balcón de la casa. Esa noche hubo trabajo hasta entrada la madrugada y cuando deseoso por regresar a casa Anselmo se disponía a montarse en su automóvil, un empleado de seguridad le avisó que tenía llamada. Jamás ha podido recordar exactamente las palabras que escuchó del otro lado del teléfono. Sólo recuerda que cuando se aproximaba a su casa una humareda negra y espesa lo cubría todo, el camino estaba copado por la muchedumbre, camiones de bomberos, patrullas policiacas y ambulancias. Su esposa y su hija no pudieron ser salvadas.
Allí estaba Minerva, bajándose de un auto. La dejaba uno de esos tantos hombres sin rostro, o mejor dicho, uno de esos tantos rostros sin hombres. Se escondió Anselmo, porque ya sospechaba Minerva que alguien la acechaba en las noches. Ella parecía discutir con el conductor del auto recostada de senos sobre el hueco de la ventanilla, gesticulando alterada en un juego de manos, la cabeza toda en el interior y el resto de su moreno y voluptuoso cuerpo a la intemperie. De vez en cuando ella buscaba con la vista entre las sombras, porque en el resplandor de la luz de los postes se reflejaban siluetas que irrumpían la penumbra. Se escuchaban voces, pero la música que se escapaba de El paraíso cada vez que un cliente salía o entraba le impedía distinguir de donde provenían. -Minerva, así se llamaban mi esposa y mi hija – murmuró Anselmo mientras la observaba. Pensaba en la diferencia tan marcada entre éstas dos mujeres. Su esposa, había trazado su norte en la dirección que él, su marido caminara. En cambio ésta Minerva era una mujer independiente, extrovertida que vivía a la defensiva mientras mercadeaba su cuerpo sin que los clientes sospecharan que no por eso era menos mujer o indiferente a la necesidad de sentirse protegida y querida. Era desconcertante que las Minervas tan opuestas compartieran aquel viejo corazón. Anselmo soñaba con rescatar a Minerva de las llamas voraces de la lujuria en que vivía. Si fuera más joven, si tuviese dinero, si me atreviese a hablarle; pensaba el viejo. Tal vez algún día me anime a confesarle lo que siento, tal vez ése día sea hoy y podamos escapar del infierno en que cada uno vive.Continuó en silencio, observando la escena mientras sacaba su pañuelo para limpiar sus babas. Calle abajo alcanzo a ver un grupo de jóvenes, los reconoció. Venían del otro lado del puente, era la misma salta de títeres que lo tenían por loco o retardado y se burlaban de él. Procuro ocultarse aun más. La música sonaba más alto, porque el último en salir del bar dejó la puerta abierta. Comenzó a llover con más intensidad y las voces ahora acompañadas de risas se escuchaban cada vez más cerca. Minerva alcanzó a divisar la silueta de lo que le pareció ser un hombre, asustada abrió la puerta del auto y entró para guarecerse de la lluvia. La discusión parecía subir de tono y Anselmo logró ver como el hombre al volante tomaba del cuello a Minerva. La mujer parecía perder fuerzas y Anselmo no lo pensó dos veces para salir en su auxilio. De un sólo impulso soltó el paraguas y emprendió carrera según sus impedimentos le permitieron. Minerva en medio de su desesperación con aquella mano estrangulándola alcanzo a reconocer la silueta deforme y contorsionada. Sabía que era el viejo al que le tenía tanta lástima y un sentimiento de tranquilidad pareció sobrecogerla al darse cuenta de que era ése pobre hombre la sombra que cada noche la acechaba. Ahora lo reconocía como una especie de ángel protector.
Anselmo de repente se descubrió tirado en el suelo, en medio de la calle y bajo un torrencial aguacero que pintaba el asfalto de rojo, el mismo color de la cinta que ataba las espaditas de San Miguel Arcángel, de las lucecitas de las guirnaldas navideñas de El Paraíso, como la boca de Minerva que lentamente se cerraba. Pensó que se había tropezado y se maldijo así mismo por no poder rescatar a Minerva, por no estar y no poder hacer cuando las Minervas lo han necesitado. Anselmo trataba de sostener erguida la cabeza, de mantener los ojos abiertos. Buscaba el rostro de Minerva entre la lluvia, a través del cristal, en las manos de aquél hombre, pero perdía las fuerzas. Minerva buscaba la silueta de Anselmo desde las manos de aquél hombre, a través del cristal, entre la lluvia, bajo la luz del poste, tirado en el suelo y se maldijo a si misma por no poder salvar a aquel hombre. Minerva dejó de respirar. Anselmo sintió una explosión dentro del pecho y un caudal de sentimientos confusos que parecían derramarse caliente como lava dentro de sí. Su vista se fue nublando por completo mientras su corazón latía descontroladamente y escuchó una alarma sonar; ya era hora. Anselmo miró la brumosa luna como quien pide la ultima bendición a una madre y salió de su cuerpo mientras observaba abajo en la esquina de la calle Loíza con la María Moczo cómo una puerta se cerraba, la música cesaba y un hombre arrojaba el cuerpo inerte de una mujer para arrancar su auto a toda velocidad, mientras una jauría de títeres drogados corrían despavoridos calle abajo después de haber apuñalado a un viejo de setenta años.
Daritza Rodríguez Arroyo26 de octubre de 2004 / Vega Alta, Puerto Rico ( 8:05 pm )
Foto tomada de: blogs.20minutos.es/…/amelia-ha-dejado-oficio

Milly dijo:
Diciembre 2, 2007 a 07:41 pm12
Daritza, este es un relato cinematográfico fabuloso. Lo interesante es que por fin Anselmo se reuniría con las Minervas cuando transformó su existencia. Por eso estaba féliz, porque anticipó ese paso a la eternidad.
Rómulo dijo:
Diciembre 6, 2007 a 07:41 am12
Sinceramente un relato fascinante. La forma en que lo describes es por demás sencilla, clara y precisa. Lo encuentro muy estimulante en verdad.
anonimo dijo:
Diciembre 12, 2007 a 07:41 am12
Wow! Escribes en el periodico sobre problemas sociales y tambien estas historias. De donde sacas tanta imaginacion. Esta historia deja a uno frio. No se tiene algo fuerte pero tambien tiene algo bueno deja a uno pensando. Me voy a lee los otros porque son cortos y no leo mucho, si escribes mucho no te aseguro que lo lea completo, p;ero me gustan Vuelbe a escribir en el periodico.
carlos dijo:
Marzo 13, 2008 a 07:41 pm03
Me fascino la forma de matizar la historia y ambientarme….me senti en realidad alli, en plena calle Loiza viendo los mosalvetes corriendo bajo la lluvia.
Excelente