Encuentro
Por: Daritza Rodríguez-Arroyo
Tenía la piel llenita de historias, se lo noté desde lejos. Por eso cuando más por ternura que por cortesía me tocó sostenerle la puerta y cederle el paso, agradecí que sus años no hayan pasado en vano, que su paso fuese lento y sopesado. Entonces parecíamos eclipsadas en aquel mismo espacio donde todo ocurría lento y mágico. Yo por ser más alta la contemplaba desde un plano superior, ella apenas podía atisbarme con la esquinita de sus ojos y esbozar una sonrisa de gratitud a la cordialidad. Mis pupilas se enredaron entre sus cabellos crespos y de allí intentaron tejerse al estampado florar de sus telas. Me recordó tanto a mi abuela. En el mismo instante en que alcancé a generar ese pensamiento todo el espacio compartido se impregnó del olor distintivo de quien había sido mi mentora de vida por excelencia. En tan solo instantes se hicieron presentes la fascinación y la fe, y así, sin que la incredulidad tuviese oportunidad, aquella anciana giró su rostro para dar paso a un fuerte y estremecedor abrazo de miradas.
El envoltorio era ajeno pero no me quedó ninguna duda de que en aquel preciso y único instante mi abuela había venido a verme. Eran esos ojitos líquidos, alegres y expresivos, era ese olorcito rico a pasado bien vivido y era la misma sonrisa que tantas veces me hizo sentir querida y protegida. Que ganas terribles de abrazar a la anciana. Que ganas de que nada, ni nadie nos interrumpieran. Quería decirle que me permitiera tocarla, abrazarla, olerla, sentirla y decirle que extraño sus manitas mullidas cuando me tomaban la cara y me besaba apretado. Que supiera que recuerdo todas nuestras conversaciones; que ahora que soy grande lo comprendo todo, que fue justamente ella la persona más importante en mis primeros treinta años de vida y que agradezco infinitamente todo su amor, que gracias a él, hoy soy fuerte. Sin embargo el mismo éxtasis me lo impidió. No supe, no pude hablar. Ella bajó su rostro sin recoger la sonrisa y continuó su paso acompasado hacia algún punto entre los lavamanos y los cubículos del baño. Yo pasé el umbral. Cerré la puerta y atravesé el vestíbulo del hotel en una especie de alucine. Al entrar al casino me pareció escuchar a lo lejos al portero decir cualquier cosa. Llegué a mi escritorio y entre el sonido de las tragamonedas y las luces de neón dejé correr mis lágrimas mientras sonreía.

María Rodríguez dijo:
Agosto 4, 2008 a 07:41 am08
Ahy niña!!! Tu cada vez me dejas mas sorprendida… Dios bendiga ese don que tienes… un abrazo…
Mirelys dijo:
Agosto 6, 2008 a 07:41 am08
Que hermoso reláto. Casi casi podia ser una espectadora en el mismo lugar. Una testigo visual. Pude oler, senti y percibir cambios de emociones. Es corto y exacto. Te felicito!
naissant dijo:
Agosto 8, 2008 a 07:41 am08
La vida está llena de fugacidades que de pronto nos descolocan, de pronto nos alegran, de pronto nos aplastan. Tener un recuerdo y ser capaz de vivirlo hasta las lágrimas es un don del que pocos hacen gala, y escribirlo como lo has hecho tú hace esa ‘especialidad’ aún más especial.
Veo que tu don mejora con los meses.
Difiero con Mirelys, pues otra vez me parece ser yo mismo el que llora con tus ojos ante la visión amada del ser que contribuyó un poco a formar la vida que hoy tienes. Con muchos textos que he leído me parece ver lo que ocurre en el relato, pero tú logras ponerme en tus zapatos… me extraña y me asombra, pero no me disgusta.
Agradezco que hayas pasado por mi blog… no he actualizado hace un tiempo por vil flojera solamente, pero ya retomaré (de nuevo) mis queridos y sencillos textos de la vida diaria, que me sirven como válvula de escape cuando la palabra hablada es insuficiente para mi tranquilidad.
Un gran saludo desde Chile, bella desconocida.