Preludio de luz

luz-oscuridad

Y en medio de la sesión se apareció un suicida, aún lloraba. Se había quitado la vida con el objetivo de reunirse con su esposa, fallecida cinco meses antes de él haber cometido el acto. Quería dejar de sufrir.
“¿Entonces por qué aún tan afligido?”, le preguntó el monitor mientras recolectaba las hojas de papel que los presentes deslizaban sobre la superficie de la mesa, tras anotar comunicaciones diversas que de forma psicográfica iban recibiendo.

Y el espíritu suicida incorporado en el cuerpo de uno de los médiums, contó cómo tras privarse de la vida, ahora moraba en la más absoluta oscuridad, en total soledad. Experimentando un sufrimiento inimaginable que le mostraba lo equivocado que había estado. Explicó cómo ahora comprendía que todo lo vivido en la Tierra era temporal, parte de un plan a través del cual Dios permite que los espíritus experimenten la vida física y material bajo condición humana, a fin de que completen su proceso evolutivo.

Un plan del cual Dios, junto a los seres amparadores asignados a cada espíritu encarnado, es parte; pues en medio de las más duras experiencias y las lecciones de crecimiento que las mismas implican, nunca nos abandona, todo lo contrario, nos acompaña y nos sostiene siempre, aun en los momentos donde nos sentimos terriblemente solos y abatidos.

También decía que el sufrimiento terrenal era nada comparado al de habitar el mundo de la oscuridad. Un lugar muy distinto al que se encontraba su esposa, quien nunca se dio por vencida y fortalecida en su fe se entregó a su proceso llena de esperanza y agradecimiento hasta su último aliento de vida, reconociendo que la oportunidad de encarnar y purificarse era toda una bendición otorgada por la inteligencia y justicia suprema.

“Amigo, tu testimonio es emotivo y revelador. ¿Por qué nosotros? Cuestionó el monitor buscando indagar mientras la tenue luz azul hacia que todo pareciese etéreo.

Entonces el suicida explicó, que su intención era persuadir a varias personas presentes en el recinto. Personas que no han dado indicios, pero en silencio viven cansados de tanto sufrimiento y han considerado el privarse de la vida a fin de que sus almas encontrasen descanso.

“¡Gracias amigo!”, le dijo conmovido el monitor a la vez que los presentes se ahogaban en lágrimas de compasión.

“¿A caso hay algo que podamos hacer por ti?”, preguntó el monitor una vez más, sintiéndose en deuda y con el genuino deseo de poder reciprocar.

“¡Ya lo han hecho! Soy yo quien agradece se me haya permitido traer el mensaje, cumplir con evitar que otros caigan en mi error. Es mi única manera de retornar a la luz.” Contestó el espíritu ya más sereno.

“¿Podemos orar por ti?”, preguntó una de las presentes, la más conmovida.

“Por supuesto, la oración por el bienestar del prójimo es la bondad del corazón transformada en energía, siempre cumple su loable cometido y aún más, beneficia grandemente a quien la pronuncia. Ora por mí, porque al hacerlo, también lo estarás haciendo por ti y de ese modo comprenderás cuánta luz eres capaz de generar, a cuántos puedes alumbrar a pesar de que desde hace algún tiempo has querido terminar con todo.”

“¡No temas!”, prosiguió el espíritu, mientras la joven mujer, que había cerrado sus ojos continuaba llorando. “Todo lo que vivimos es pasajero, temporal; pertenecemos al mundo espiritual, somos fluido vital, esencia eterna, pero el orden natural es avanzar, nunca podemos ir hacia atrás y tampoco detenernos, con ello sólo conseguiríamos intensificar y prolongar nuestro sufrimiento. La mayor parte del mismo, aunque se dificulte comprenderlo y aceptarlo, es una decisión propia, en la medida en que obramos y se generan consecuencias cónsonas a la calidad de nuestros actos. Dios siempre está presente, al pendiente, pero respeta nuestro libre albedrio a fin de que aprendamos a vivir con conciencia espirita, responsabilizándonos de las consecuencias de cada uno de nuestros actos y fortalecidos en la esperanza. Tu catarsis, ese llorar conmigo, pero por ti, me confirma que has comprendido. Mi misión se ha cumplido.

“¿Cómo te sientes ahora, hermano?” Preguntó el monitor sonriendo con ternura.

“Siento que pierdo densidad, me voy liberando, elevando y con ello se abre ante mí un sendero de luz que debo recorrer a fin de algún día poder abrazarme a los que amo en la presencia de quien nos amó primero, el que es principio y fin.” Dijo el espíritu mientras el médium consciente, aún con sus manos de palmas sobre la mesa, comenzaba a agitar sus dedos en movimientos lentos, como quien busca palpar el ahora tras el profundo trance.

“¡Ve en paz!” Casi susurró el monitor.

“¡Que la paz sea con todos ustedes!”, se despidió el espíritu también susurrando, en un tono muy bajito que a cada sílaba se hacía más distante.

El médium exhalo fuerte y abrió sus llenos de lágrimas, el monitor se observaba a sí mismo en los rostros de todos, mientras los presentes se habían tomado de las manos, y en medio de su conmoción irradiaban sus mejores deseos de armonía y bienestar par con aquel espíritu que aun habitando las tinieblas, por gracia de Dios, les había venido a iluminar.

-Dedicado con todo mi amor, con toda mi luz, a mis amigos, José Del Rosario Sepúlveda (1972-2013) y Miño Reyes, quien agraciadamente aún nos alumbra con su artística esencia.

Cuento inspirado en parte de una sesión en la Escuela Espirita Allan Kardec en San Juan, Puerto Rico entre el año 2008 y 2009.

Daritza Rodríguez-Arroyo. Todos los derechos reservados.©

El Hombre Más Incomprendido

(Inspirado en: EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO de Gabriel García Márquez)

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Por: Daritza Rodríguez-Arroyo

-Al final del camino me dirán:-¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres.
Pedro Casaldáliga
Alguna vez durante mi adolescencia leí estas palabras y no sé por qué se las adjudiqué a San Agustín. Será porque muchas de las de él, también me quedaron grabadas en la mente y pasaron a ser favoritas. Hace poco buscando en Internet me topé con su autor Pedro Casaldáliga un religioso, escritor y poeta español estudioso de la teología de la liberación y defensor de los derechos de los menos favorecidos en su amado Brasil, donde ha vivido casi toda su vida.
Al momento del reencuentro leí la cita tantas veces como caricias da una niña a la muñeca vieja que descubre en el fondo del baúl. De alguna manera quería digerir todo su sentido y que este me nutriera. Entonces comencé a alucinar.
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Imaginé que un día un hombre eternamente incomprendido por todos en su pueblo apareció muerto en una playa y que según se regaba la noticia por calles, colmados, plazas e iglesias la gente se acercaba curiosa. Hacían cada comentario, de todo tipo, sin importar las implicaciones de los mismos; sobre todo para ellos que aun estaban vivos. A uno de ellos, a cualquiera, al más aguzado se le ocurrió que ahora que el hombre más incomprendido había muerto, ellos podrían escudriñarlo hasta el último rincón de sus entrañas, y tal vez así finalmente sabrían por qué aquel hombre siempre había sido tan desprendido con sus semejantes.

 

Así, manos a la obra el aguzado y un voluntario decidieron abrir el pecho del hombre para ver si encontraban alguna pista en su interior. El asistente pidió una navaja entre el tumulto de ávidos espectadores. Aparecieron más de una, quizás más de una docena de punzantes y filosas navajas. Y dándose manos a la obra el aguzado realizó una bestial incisión desde la altura de la tráquea hasta el área del esternón. El útil asistente tubo la iniciativa de prestarse a desgarrar con sus propias manos el pecho del hombre más incomprendido del pueblo y así ante la morbosa mirada de los bulliciosos espectadores, mientras el asistente mantenía abierto el pecho, el aguzado insertaba sus manos buscando arrancarle el corazón de un solo tiro. Para entonces la sangre cubría todo el suelo confundiéndose con la arena y a escasa distancia los niños la amasaban entre sus manos para construir castillos o cubrirse el cuerpo con ella.
De repente el silencio se apoderó de la grotesca escena, la cara del aguzado y el asistente proyectaron sorpresa, al parecer habían descifrado el gran misterio, habían encontrado un tesoro. Muy pronto la curiosidad más salvaje registrada por aquellos lares sería saciada. Los niños, inocentes seres, al percatarse del silencio rotundo se acercaron al cadáver. El resto hizo lo propio y el aguzado apresurado por compartir el hallazgo arrancó sin piedad el corazón recrecido y aún latente del hombre más incomprendido. Los latidos llenaron todo el espacio al punto de no poder escucharse las expresiones de asombro que emitieron al unísono todas las bocas. Solo la petición de la niña más chica y próxima al cuerpo inerte rompió el momento; –Abran el corazón para conocer sus secretos.
Fue cuando el asistente se abalanzó sobre el aguzado arrebatándole el corazón recrecido y aún latente del hombre más incomprendido y en un solo acto desesperado lo desgarró abriéndolo de par en par. Ante los ojos de todo el pueblo saltaban miles de papelitos desde el interior del corazón desgarrado, cada uno con un nombre distinto. Los papelitos saltaban como palomitas de maíz y según saltaban se abrían y según se abrían se convertían en blancas palomas que volaban en dirección al sol. La gente no podía reaccionar, el aguzado sostenía el pánico en la cara y el asistente lloraba sin consuelo. Mientras tanto los niños del pueblo saltaban y aplaudían como si hubiesen presenciado el mejor acto de magia sobre la faz de la tierra.
-¿Qué explicación tiene lo acontecido? Preguntó la más ignorante y enajenada de las personas presente. Y una anciana que llorosa contemplaba el cadáver del hombre más incomprendido, mientras amasaba arena entre sus arrugadas manos, esbozó una sonrisa al tiempo que repetía; -El amor, el amor.
 

                                

~Me gusta pensar que más cerca de lo que podamos imaginar existen muchos hombres y mujeres incomprendidos. Que estos amantes de la vida y de la humanidad realizan su misión de servicio desde la silente cotidianidad.

 

~Me gusta creer que cada vez que les desgarramos sus corazones sus bandadas de nombres con alas alcanzan el sol donde al igual que Ícaro se funden y regresan a la tierra transformados en rayos de luz.

~Me gusta aseverar que esa luz nos nutre cada día y que en este sublime ejercicio se acrecienta en nuestro espíritu la capacidad de dar y recibir amor en todas y cada una de sus múltiples manifestaciones.

Nota: Esto se lo dedico a R.C. un hombre que vive en otro país, que prácticamente se ha enclaustrado dentro de sí, que me cuenta que está muy cansado y que solo se prepara para partir (7:30pm-Martes 9 de septiembre de 2008).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Encuentro

Encuentro

Por: Daritza Rodríguez-Arroyo

Tenía la piel llenita de historias, se lo noté desde lejos. Por eso cuando más por ternura que por cortesía me tocó sostenerle la puerta y cederle el paso,  agradecí que sus años no hayan pasado en vano, que su paso fuese lento y sopesado. Entonces parecíamos eclipsadas en aquel mismo espacio donde todo ocurría lento y mágico. Yo por ser más alta la contemplaba desde un plano superior, ella apenas podía atisbarme con la esquinita de sus ojos y esbozar una sonrisa de gratitud a la cordialidad. Mis pupilas se enredaron entre sus cabellos crespos y de allí intentaron tejerse al estampado florar de sus telas. Me recordó tanto a mi abuela. En el mismo instante en que alcancé a generar ese pensamiento todo el espacio compartido se impregnó del olor distintivo de quien había sido mi mentora de vida por excelencia. En tan solo instantes se hicieron presentes la fascinación y la fe, y así, sin que la incredulidad tuviese oportunidad,  aquella anciana giró su rostro para dar paso a un fuerte y estremecedor abrazo de miradas.

El envoltorio era ajeno pero no me quedó ninguna duda de que en aquel preciso y único instante mi abuela había venido a verme. Eran esos ojitos líquidos, alegres y expresivos, era ese olorcito rico a pasado bien vivido y era la misma sonrisa que tantas veces me hizo sentir querida y protegida. Que ganas terribles de abrazar a la anciana. Que ganas de que nada, ni nadie nos interrumpieran. Quería decirle que me permitiera tocarla, abrazarla, olerla, sentirla y decirle que extraño sus manitas mullidas cuando me tomaban la cara y me besaba apretado. Que supiera que recuerdo todas nuestras conversaciones; que ahora que soy grande lo comprendo todo, que fue justamente ella la persona más importante en mis primeros treinta años de vida y que agradezco infinitamente todo su amor, que gracias a él, hoy soy fuerte. Sin embargo el mismo éxtasis me lo impidió. No supe, no pude hablar. Ella bajó su rostro sin recoger la sonrisa y continuó su paso acompasado hacia algún punto entre los lavamanos y los cubículos del baño. Yo pasé el umbral. Cerré la puerta y atravesé el vestíbulo del hotel en una especie de alucine. Al entrar al casino me pareció escuchar a lo lejos al portero decir cualquier cosa. Llegué a mi escritorio y entre el sonido de las tragamonedas y las luces de neón dejé correr mis lágrimas mientras sonreía.

 

 

Adivina Adivinador

 Anciano sentado

Adivina Adivinador

Por: Daritza Rodríguez Arroyo  

Adivino que la vida en su infinita sabiduría nos obliga a la soledad reflexiva en una especie de preparación a nuestro inevitable ocaso. Es lo que pienso mientras marco el compás de las horas con el rechinar de esta mecedora, mientras observo el ir y venir de cientos de rostros ensimismados. Pero ya no me perturbo con las absurdas pretensiones de que la gente y el mundo sean como a mí me gusta, ahora simplemente observo y acepto el flujo natural de todo cuanto acontece ante mi vista. Si esta actitud me hubiese acompañado tiempo atrás, cuando contaba con participación activa dentro del gran drama de lo que llamaba “mi vida”. Pero bueno, el ahora es territorio del presente y a este me suscribo.  

Adivino que Lenita creé que me complace el estar acá en pleno salón principal de cara al balcón y de puertas abiertas como colocado en escaparate de feria. Antes me molestaban las miradas curiosas e indiscretas de los niños; ahora las prefiero a esas otras, miradas de adultos mezcla entre indiferencia y terror. Los niños son sinceros, mientras que esos pendejos tienen pintado en la frente el mismo miedo a la vejez y a la soledad que cargué yo durante tantos años. Por eso los que saben que al llegar justo al frente se toparan con mi silueta  juegan a que van de prisa y que yo pretenda que no se han dado cuenta de mi presencia. Entonces se me espantan los deseos de poder hablar y decirle a Lenita que con el asunto de la sentada, no acierta. Que mejor me siente atrás, en el jardín, bajo algún árbol frondoso donde escucho los pajaritos y observo las lagartijas. Allí donde puedo escuchar el sonido del agua en la fuente y el aire es ligero y me oxigena el cuerpo y la mente. Pero no hay de otra, debe ser mi última misión hacer de conciencia a cada transeúnte. Tal vez aquí sentado como monigote reflexiono yo y los hago reflexionar a ellos y así voy expiando algún pecado o saldando algún karma, total, ya ni siquiera eso me interesa. Pero prefiero pensar eso, antes de creer que todo esto ocurre por simple capricho de la Lena.

En un tiempo me entretuve adivinando qué tipo de sentimientos podía generar en cada uno de ellos; lastima, burla, generosidad. Pero no era tan sencillo mi pasatiempo de adivinador porque a la mayoría los miraba de perfil y no de frente. Tenía que emplear un poco de conocimiento, experiencia, y por supuesto, una gran dosis de imaginación; pero a la larga  concluía que todo cuanto intuía no era más que una mera proyección mía. Entonces me deprimía y gritaba a Lenita tan fuerte como podía para que viniese a socorrerme de las garras de mis revelaciones, del monstro de mi verdad. Asumo que por telepatía ella llegaba con la excusa de que me tocaba el baño o la comida, me limpiaba las babas, me secaba el sudor y con esa voz chillona que tiene me preguntaba, como queriendo adivinar, que por qué estaba tan azorado, que si había visto un muerto. Y si, siempre acertaba la contrallada Lena, había visto un muerto, me había visto a mí, muerto en el rostro de todos los que me pasaban de frente jugando a la indiferencia dentro del drama actual que insisto en llamar mi vida.

Fátima, Vega Alta; Puerto Rico

4:06pm

Domingo, 09 de diciembre de 2007. 

Las Minervas

Prostituta en auto 

Las Minervas

Aquélla noche Anselmo despertó sobresaltado, como si un reloj interno le diera aviso. A pesar de que su corazón latía a mil por hora su vista no parecía reaccionar cónsona con sus palpitaciones. Se sabía regresado del reino de Morfeo, más no alcanzaba a distinguir la habitación por entero, a sus setenta años y con su condición, no era tan simple el ejercicio obligado de levantarse. Se frotó los ojos con algo de desesperación y premura. De seguro, ya era hora. De a poco atinó a reconocer su cotidiano entorno, porque todo su universo estaba constituido por aquéllas deterioradas paredes y el escaso mobiliario que apenas se acomoda en su humilde pieza de la Calle María Moczo. Las ventanas de su habitación eran líneas fronterizas entre el mundo real y su segregación existencial. Distinguió el altar improvisado en la repisa donde estaban las fotos marchitas de su esposa y su hija. Allí, junto a varias estampitas de sus venerados santos y una imagen de la Inmaculada Concepción, Anselmo mantenía frescas las azucenas y los rezos a las fallecidas. Después de veinte años, aún vivía en un luto sepulcral, en un claustro emocional que día a día le consumía. Sólo ella, Minerva parecía poseer el poder absoluto de transformar sus sombras. Sonó la alarma del reloj despertador, las 3:00 de la madrugada. Ya era hora. Caminando a tientas en la penumbra de la habitación encendió uno de los velones sobre el altar y ya con visibilidad clara se dispuso a arreglarse. Mientras rasuraba su incongruente rostro le llamó la atención un brillo en sus ojos. Se supo alegre, se sintió vivo y sonrió. Después de los aseos en un movimiento apresurado se perfumó con esencia de pachulí, se pinchó los escapularios en la manguilla izquierda de su camisilla y se terminó de vestir. Su guayabera lucia un poco estrujada y en el bolsillo trasero de su pantalón de lino, colocó su billetera donde lo más valioso eran unas espaditas doradas de San Miguel Arcángel. La espiritera que se las había preparado le dijo que la cinta roja que las mantenía atadas le aseguraba protección contra cualquier tipo de mal. La alarma volvió a sonar, eran las 3:35am, hora de salir a esperarla, Minerva debía estar por llegar. Lloviznaba. Sacó su paraguas y mirando la brumosa luna como quien pide la bendición a una madre al salir de casa se dirigió con paso defectuoso, pero ligero hacía la esquina de la Calle Loíza. En muchas ocasiones sentía como a cada paso se entreabrían sigilosas algunas ventanas. Sabía que cada noche los ojos curiosos y malintencionados de sus vecinos lo escoltaban hasta la esquina. -De seguro pensarán que soy un viejo verde, que entre putas, ron y bachata malgasto mi pensión- pensaba mientras apretaba el paso. A lo lejos se escuchaba el ruido de los autos que comenzaban a circular la avenida Baldorioty de Castro y frente así divisaba las lucecitas rojas tintineantes de la guirnalda navideña que todo el año decoraba la cortina del bar El Paraíso. Ésas guirnaldas le ocasionaba una profunda nostalgia y era imposible no recordarlas a ellas.Fue en el mes de diciembre, en plenas celebraciones navideñas. Su esposa quedó con su hija en la casa, Anselmo trabajaría toda la noche en el hotel mientras su esposa y su hija terminarían de colocar las guirnaldas de luces en el balcón de la casa. Esa noche hubo trabajo hasta entrada la madrugada y cuando deseoso por regresar a casa Anselmo se disponía a montarse en su automóvil, un empleado de seguridad le avisó que tenía llamada. Jamás ha podido recordar exactamente las palabras que escuchó del otro lado del teléfono. Sólo recuerda que cuando se aproximaba a su casa una humareda negra y espesa lo cubría todo, el camino estaba copado por la muchedumbre, camiones de bomberos, patrullas policiacas y ambulancias. Su esposa y su hija no pudieron ser salvadas.

Allí estaba Minerva, bajándose de un auto. La dejaba uno de esos tantos hombres sin rostro, o mejor dicho, uno de esos tantos rostros sin hombres. Se escondió Anselmo, porque ya sospechaba Minerva que alguien la acechaba en las noches. Ella parecía discutir con el conductor del auto recostada de senos sobre el hueco de la ventanilla, gesticulando alterada en un juego de manos, la cabeza toda en el interior y el resto de su moreno y voluptuoso cuerpo a la intemperie. De vez en cuando ella buscaba con la vista entre las sombras, porque en el resplandor de la luz de los postes se reflejaban siluetas que irrumpían la penumbra. Se escuchaban voces, pero la música que se escapaba de El paraíso cada vez que un cliente salía o entraba le impedía distinguir de donde provenían. -Minerva, así se llamaban mi esposa  y mi hija – murmuró Anselmo mientras la observaba. Pensaba en la diferencia tan marcada entre éstas dos mujeres. Su esposa, había trazado su norte en la dirección que él, su marido caminara. En cambio ésta Minerva era una mujer independiente, extrovertida que vivía a la defensiva mientras mercadeaba su cuerpo sin que los clientes sospecharan que no por eso era menos mujer o indiferente a la necesidad de sentirse protegida y querida. Era desconcertante que las Minervas tan opuestas compartieran aquel viejo corazón. Anselmo soñaba con rescatar a Minerva de las llamas voraces de la lujuria en que vivía. Si fuera más joven, si tuviese dinero, si me atreviese a hablarle; pensaba el viejo. Tal vez algún día me anime a confesarle lo que siento, tal vez ése día sea hoy y podamos escapar del infierno en que cada uno vive.Continuó en silencio, observando la escena mientras sacaba su pañuelo para limpiar sus babas. Calle abajo alcanzo a ver un grupo de jóvenes, los reconoció. Venían del otro lado del puente, era la misma salta de títeres que lo tenían por loco o retardado y se burlaban de él. Procuro ocultarse aun más. La música sonaba más alto, porque el último en salir del bar dejó la puerta abierta. Comenzó a llover con más intensidad y las voces ahora acompañadas de risas se escuchaban cada vez más cerca. Minerva alcanzó a divisar la silueta de lo que le pareció ser un hombre, asustada abrió la puerta del auto y entró para guarecerse de la lluvia. La discusión parecía subir de tono y Anselmo logró ver como el hombre al volante tomaba del cuello a Minerva. La mujer parecía perder fuerzas y Anselmo no lo pensó dos veces para salir en su auxilio. De un sólo impulso soltó el paraguas y emprendió carrera según sus impedimentos le permitieron. Minerva en medio de su desesperación con aquella mano estrangulándola alcanzo a reconocer la silueta deforme y contorsionada. Sabía que era el viejo al que le tenía tanta lástima y un sentimiento de tranquilidad pareció sobrecogerla al darse cuenta de que era ése pobre hombre la sombra que cada noche la acechaba. Ahora lo reconocía como una especie de ángel protector.

Anselmo de repente se descubrió tirado en el suelo, en medio de la calle y bajo un torrencial aguacero que pintaba el asfalto de rojo, el mismo color de la cinta que ataba las espaditas de San Miguel Arcángel, de las lucecitas de las guirnaldas navideñas de El Paraíso, como la boca de Minerva que lentamente se cerraba. Pensó que se había tropezado y se maldijo así mismo por no poder rescatar a Minerva, por no estar y no poder hacer cuando las Minervas lo han necesitado. Anselmo trataba de sostener erguida la cabeza, de mantener los ojos abiertos. Buscaba el rostro de Minerva entre la lluvia, a través del cristal, en las manos de aquél hombre, pero perdía las fuerzas. Minerva buscaba la silueta de Anselmo desde las manos de aquél hombre, a través del cristal, entre la lluvia, bajo la luz del poste, tirado en el suelo y se maldijo a si misma por no poder salvar a aquel hombre. Minerva dejó de respirar. Anselmo sintió una explosión dentro del pecho y un caudal de sentimientos confusos que parecían derramarse caliente como lava dentro de sí. Su vista se fue nublando por completo mientras su corazón latía descontroladamente y escuchó una alarma sonar; ya era hora. Anselmo miró la brumosa luna como quien pide la ultima bendición a una madre y salió de su cuerpo mientras observaba abajo en la esquina de la calle Loíza con la María Moczo cómo una puerta se cerraba, la música cesaba y un hombre arrojaba el cuerpo inerte de una mujer para arrancar su auto a toda velocidad, mientras una jauría de títeres drogados corrían despavoridos calle abajo después de haber apuñalado a un viejo de setenta años.

Daritza Rodríguez Arroyo26 de octubre de 2004 / Vega Alta, Puerto Rico ( 8:05 pm )

Foto tomada de: blogs.20minutos.es/…/amelia-ha-dejado-oficio

El hombre, los hombres y el muro

 Carcel

~ Con mi dolor y respeto a los sobrevivientes del siniestro en El Ceibo, República Dominicana ~

El hombre yace en el suelo, es parte del amasijo de carne y huesos que se extiende centímetro a centímetro, desde los barrotes hasta el muro de concreto. Los hombres están unos sobre otros; según el General, donde caben sesenta, bien pueden acomodarse ciento treinta. Esta noche el calor se ha convertido en verdugo y el abanico pende del techo con sus enmohecidas aspas inertes. El hombre intenta moverse, pero no es tan sencillo, el revoltijo de piernas y brazos es indivisible. Mirados desde lo alto, parecen osamentas en fosa común. El hombre está todo pegajoso, entumecido, y al igual que el resto suda descomunalmente. Dicen que el sudor de estos hombres, es el intento de sus almas por expiar hasta el último de sus pecados, pero la transpiración del hombre es el llanto de su alma rebelde aún no resignada al encierro.

El hombre escucha el feroz aullido de su estómago vacío, prefiere ignorarlo antes de rendirse sobre el bocado de arroz putrefacto. Siente la garganta disecada y ruega por que al día siguiente le lleguen unos cuantos pesos. Le servirán para saldar lo adeudado, saciar el hambre y la sed acumulada durante dos días. Recuerda lo suculento de los pasteles en hoja, los “Kebees”, los niños envueltos que prepara su viejita y la refrescante sensación de una cerveza fría durante un paseo de domingo por el malecón. Entonces sus ojos se humedecen al recordar el rostro de su mujer, a quien tantas veces ha fallado. La imagina con uno de sus vestidos floreados, camino al mercado, trajinando para el sustento de los cuatro carajitos. Un nudo se le hace en la garganta, pero es incapaz de llorar.

El hombre no llora y tampoco se queja; hacerlo sería un imperdonable acto de debilidad ante sus iguales. Llora el que recién llega, arremete el desesperanzado, se mantiene indiferente el que finalmente se ha resignado, y reza el que está a punto de ser liberado. El hombre sin embargo sólo está soportando. El hombre y los hombres lo comparten todo. Desde el hambre, la sed y el sudor, hasta los vómitos, la fiebre y la tos. Conviven entre ratas, mosquitos, cucarachas y toda clase de sabandijas. Están allí echados a su suerte, en el más brutal de los olvidos, como lo están también los hombres detrás del muro y los de los otros módulos. El aire se siente más denso que nunca y la condensada brisa revuelve el hedor a orines y mierda; desechos propios y ajenos que en el hueco del suelo convergen y conspiran para envenenar hasta la sangre. El hombre escucha los guturales e inescrupulosos gemidos del que se masturba o coge en la penumbra, y se asquea. Los hombres roncan y posiblemente algunos tengan pesadillas. Otros han de estar como el hombre, acelerado de espíritu, dándole mente a cada cosa. Ahora el hombre, cierra sus ojos y se queda quieto, tan quieto como los otros. El Ceibo, aparenta dormir en la más inquietante de las calmas. Es un cementerio de vivos, condenados a la más extrema de las miserias humanas. Son dos condenas las que cada hombre cumple; la calculada en tiempo y la que se suma en el más intenso y desgarrador de los sufrimientos.

Se escuchan detonaciones. Detonaciones que rompen y penetran el sepulcral recinto. El hombre abre abruptamente sus ojos. -Son disparos, grita un hombre a su lado y el amasijo entero se incorpora contra el muro. El hombre ahora entre el muro y sus iguales siente que el corazón le late a mil por hora, a punto de salir por su boca. ¿Qué pasa? Vosean varios hombres agolpados también contra el muro, pero del otro lado sólo se escucha la balacera, los gritos y el corre y corre de la guardia. En medio de la desesperación, el hombre aferra la palma de sus manos al muro, como si con ello pudiese hacerlo desaparecer, o tal vez sólo intenta hacer contacto con la materia y escapar de lo que podría ser una pesadilla. Hay un estallido, estallido que repunta en llamas. Los gritos de los hombres tras el muro se tornan frenéticos, desesperantes. ¡Fuego! ¡Fuego! Alerta una voz omnipresente y ahora los gritos salen de todas partes. El calor es insoportable, el aire asfixiante y el muro; aguanta, soporta, impide, separa, conspira, obstruye y salva. Las manos del hombre recogen el calor calcinante que el muro expide y sus ojos se desorbitan ante la evidente calamidad. Recobra sus sentidos y del otro lado distingue claramente la voz de un amigo. Una espesa nube negra lo ocupa todo, apenas pueden implorar auxilio. Del otro lado del muro se escuchan las incinerantes llamas y el fuego consume todo lo existente entre tiempo y espacio. Se han silenciado las voces y el hedor a carne chamuscada se impregna en el aire, en el muro, en la piel y en el último resquicio del alma. Los hombres exigen ser liberados, salvados; el hombre continúa aferrado al muro. El cuerpo del hombre se contrae, se contorsiona, las lágrimas finalmente bañan su rostro desencajado. El hombre aprieta sus puños, aprieta sus dientes y aprieta sus ojos. Se escuchan las cadenas, finalmente abren los candados y mientras unos hombres se arrastran, a otros hay que cargarlos. El hombre contra el muro siente unas manos que lo tocan y en medio de su desquicio lanza un grito desgarrador que retumba a miles de kilómetros.

~Daritza Rodríguez Arroyo~ Lunes, 14 de marzo de 2005. 11:24pm ~ Vega Alta, Puerto Rico ~